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Wiener – Cibernética y Sociedad – Cap. 1

HISTORIA DE LA CIBERNÉTICA 1- Desde que terminó la segunda guerra mundial, he trabajado en la teoría de los mensajes. Además de la parte electrotécnica de su transmisión, existe un campo muy amplio que incluye, no solo el estudio del lenguaje, sino además el estudio de los mensajes como medio de manejar aparatos o grupos […]

HISTORIA DE LA CIBERNÉTICA

1- Desde que terminó la segunda guerra mundial, he trabajado en la teoría de los mensajes. Además de la parte electrotécnica de su transmisión, existe un campo muy amplio que incluye, no solo el estudio del lenguaje, sino además el estudio de los mensajes como medio de manejar aparatos o grupos humanos, el desarrollo de las máquinas de calcular y otros autómatas simila­res algunas reflexiones sobre la psicología y el sistema nervioso y una tentativa de enunciar una nueva hipótesis del método científico. Esta teoría más amplia de los mensajes es probabilística y parte intrínseca de aquella corriente que debe su origen Willard Gibbs y que describí en la ,introducción.

Hasta hace muy poco tiempo no existía una voz que comprendiera ese conjunto de ideas; para poder expresado todo mediante una palabra, me vi obligado a inventada. De ahí: cibernética, derivé de la voz griega kubernetes o timonel, la misma raíz de la cual los pueblos de Occidente han formado gobierno y de sus derivados. Por otra parte, encontré más tarde que la voz había sido usada ya por Ampére, aplicada a la política, e introducida en otro sentido por un hombre de ciencia polaco, ambos casos datan de principios del siglo XIX .

He escrito un libro más o menos técnico intitulado Cibernética que apareció en 1948. Respondiendo a ciertos pedidos para que pusiera esas ideas al alcance de los profanos, publiqué en 1950 la primera edición de Cibernética y sociedad. Desde entonces, el tema, que consistía en esa época en unas pocas ideas compartidas por los doctores Claude Shannon, Warren Wcaver y yo, se ha convertido en un campo permanente de investigación. En consecuencia, aprovecho la oportunidad que me da esta nueva edición para ponerla al día y suprimir ciertos defectos e incongruencias de su estructura original.

Al dar la definición de cibernética en la primera edición, puse en la misma categoría las comunicaciones y el gobierno de las máquinas. ¿Por qué lo hice? Cuando me pongo en contacto con otra persona, le doy un mensaje; cuando responde, me da algo en relación con lo que dije y que contiene informes acce­sibles a él primordialmente y no a mí. Cuando regulo los actos de otra persona, le comunico un mensaje; aunque esté en mo­do imperativo, la técnica de la comunicación no difiere de la del que enuncia hechos. Además, si mi regulación ha de ser efectiva, debo tomar conocimiento de cualquier mensaje de él que indique haber comprendido y obedecido la orden.

La tesis de este libro consiste en que sólo puede entenderse la sociedad mediante el estudio de los mensajes y de las facilidades de comunicación de que ella dispone y, demás, que, en el futuro, desempeñaran un papel cada vez más preponderante los mensajes cursados entre hombres y máquinas, entre maquinas y hombres y entre maquina y maquina. Cuando doy una orden a una máquina, la situación no difiere esencialmente de la que se produce cuando mando algo a una persona. En otras palabras, en lo que respecta a mi conciencia, percibo la emisión de la orden y los signos de asentimiento que vuelven. Para mí, personalmente, que la señal, en sus eta­pas intermediarias, haya pasado por una

3- Máquina o por una persona carece de importancia y de ninguna manera cambia esencialmente mi relación con la señal. Así la teoría de la regu­lación en ingeniería, sea humana, animal o mecánica, es un capítulo de la teoría de los mensajes.

Naturalmente, existen diferencias de detalle en los mensajes y en los problemas de regulación, no sólo entre un organismo vivo y una máquina, sino también dentro de cada clase más’ especializada de seres. Es propósito de la cibernética desarrollar una lengua y unas técnicas que nos permiten, no sólo encarar los problemas más generales de comunicación y regulación, sino además establecer un repertorio adecuado de idas y métodos para clasificar sus manifestaciones particulares por conceptos.

Las órdenes mediante las cuales regulamos nuestro ambiente son una especie de información que le impartimos. Como cual­quier otra clase de informe, están sometidas a deformaciones al pasar de un ente a otro. Generalmente llegan en una forma menos coherente y desde luego, no más coherente que la de partida. En las comunicaciones y en la regulación luchamos siempre contra la tendencia de la naturaleza a degradar lo organizado y a destruir lo que tiene sentido, la misma tendencia de la entropía a aumentar, como lo demostró Gibbs.

Gran parte de este libro se ocupa de los límites de las comu­nicaciones entre individuos. El hombre se encuentra sumergido en un mundo que percibe mediante sus sentidos. El cerebro y el sistema nervioso coordinan los informes que reciben, hasta que, después de almacenados, colacionados y seleccionados, resurgen otra vez mediante órganos de ejecución, generalmente los músculos. Éstos a su vez actúan sobre el mundo exterior y reaccionan sobre el sistema nervioso central mediante recepto­res tales como los extremos de la sensación cenestésica; la infor­mación que éstos proporcionan se combina con la acumulación de vivencias pasadas influyendo, sobre las acciones futuras.

Damos el nombre de información al contenido de lo que es objeto de intercambio con el mundo externo, mientras nos ajustamos a él y hacemos que se acomode a nosotros. El pro­ceso de recibir y utilizar informaciones consiste en ajustar­nos a las contingencias de nuestro medio y de vivir de manera efectiva dentro de él. Las necesidades y la complejidad de la vida moderna plantean a este fenómeno del intercambio de informaciones demandas más intensas que en cualquier otra época; la prensa, los museos, los laboratorios científicos, las universidades, las bibliotecas y los libros de texto han de satis­facerlas o fracasarán en sus propósitos. Vivir de manera efectiva significa poseer la información adecuada. Así, pues, la co­municación y la regulación constituyen la esencia de la vida interior del hombre, tanto como de su vida social.. ‘

El lugar que ocupa el estudio de las comunicaciones en la historia de la ciencia no es trivial, ni fortuito, ni nuevo. Aun antes de Newton esos problemas eran corrientes en la Física; especialmente en las investigaciones de Fermat, Huyghens y Leibnitz; todos ellos compartían el interés por una ciencia cuyo centro no era la mecánica sino la óptica, la comunicación , de imágenes visuales.

Fermat hizo progresar el estudio de la óptica con, su prin­cipio, según el cual la luz, en un recorrido suficientemente corto, sigue la trayectoria que le exige el tiempo mínimo para pasar de un punto a otro. Huyghens enunció la forma primi­tiva del principio que se designa hoy con su nombre, diciendo que la luz se propaga desde un punto luminoso creando algo así como una pequeña esfera, formada por fuentes secundarias que propagan la luz como lo hace la primitiva. Mientras tanto, Leibnitz consideraba que todo el universo está compuesto de mónadas cuya actividad consiste en la percepción mutua, basán­dose en una armonía

4- Reestablecida por Dios; es bastante claro que para él esa acción mutua era en gran parte óptica. Aparte de esa percepción, las mónadas no tienen “ventanas”, por lo que, según él, ,todos los efectos mecánicos mutuos no son más que una sutil consecuencia de la acción óptica entre ellas.

La preocupación por la óptica y los mensajes que aparece claramente en esta parte de la filosofía de Leibnitz, se encuen­tra también en toda su obra. Desempeña un importante papel en dos de sus ideas originales: la Characteristica Universalis o sea un lenguaje científico para todas las artes y ciencias y el Calculus Ratiocinator o cálculo lógico que, aunque imper­fecto, es el antepasado directo de la moderna lógica matemática.

Leibnitz, poseído por la idea de las comunicaciones, es en vanos aspectos, el antepasado ‘intelectual de los conceptos de este libro, pues también se interesó por las máquinas de cal­cular y los autómatas. Mis ideas, las expuestas en este libro, están lejos de ser leibnitzianas, aunque lo sean ciertamente los problemas de que me ocupo aquí. Las máquinas de calcular de Leibnitz fueron sólo un resultado de su interés por un lenguaje aritmético, por un cálculo razonador que para él era solo una extensión de su idea de un lenguaje artificial completo. Es de­cir que, aun al ocuparse de máquinas de calcular, el interés capital de Leibnitz residía primordialmente en la lingüística y en las comunicaciones.

A mediados del siglo pasado, las investigaciones de Clerk

Maxwell y de Faraday, su precursor, atrajeron nuevamente la atención de la física hacia la óptica, la ciencia de la luz, considerada desde entonces como un aspecto de la electricidad que podía reducirse a la mecánica de un curioso medio invisible y rígido llamado éter; en aquella época se suponía que el éter impregnaba la atmósfera, el espacio interestelar y todas las sustancias transparentes. Las investigaciones ópticas de Clerk Maxwell consistieron en desarrollar matemáticamente las ideas que Faraday había expresado sin fórmulas de manera muy clara. El estudio del éter planteaba ciertas cuestiones cuya respuesta no era muy evidente como, por ejemplo, la del movimiento de la materia a través de ese medio. Con la famosa experiencia de Michelson y Morley en la última década del siglo XIX se pretendió resolver ese problema; proporcionó una respuesta inesperada: no hay ningún modo de determinar el movimiento de la materia a través del éter.

La primera solución satisfactoria del problema que plante6 el resultado de ese experimento fue dada por Lorentz; este in­vestigador explicó que, si son eléctricas u ópticas las fuerzas que mantienen unida la materia, debería esperarse un resultado negativo del experimento de Michelson y Morley. Sin embargo, Einstein, en 1905, puso esas ideas de Lorentz en forma tal que la imposibilidad de observar el movimiento absoluto venia a ser un postulado de la física y no consecuencia de alguna estructura peculiar de la materia.

En lo que respecta a nuestro, propósitos importa que, en las investigaciones de Einstein, la luz y la materia se encuentran en un pie de igualdad, como

ocurría en las obras de los autores anteriores a Newton, sin la subordinación newtoniana de todo a la materia y al movimiento.

Para explicar sus ideas, Einstein utiliza ampliamente el ejem­plo de un observador en reposo o en movimiento. En su teoría de la relatividad es imposible introducir un observador sin in­cluir al mismo tiempo el concepto de mensaje y sin volver de hecho a colocar el centro de gravedad de la física en un estado quasi-leibnitziano, cuya tendencia es nuevamente óptica.

5- La teo­ría de la relatividad de Einstein y la mecánica estadística de Gibbs se encuentran en campos enteramente opuestos, pues el primero, como Newron, se ocupa de la dinámica de cuerpos absolutamente rígidos, sin introducir la idea de probabilidad. Por otra parte, las investigaciones de Gibbs caen completa­mente dentro del cálculo de probabilidades; sin embargo, ambas tendencias equivalen a desplazar el punto de vista de la física; en ellas, por un método u otro, se reemplaza el universo tal como existe realmente por otro, conforme a las observaciones que se hayan efectuado; el arcaico realismo ingenuo de la física cede a algo que Berkelev habría considerado con una sonrisa de satisfacción.

Aquí conviene revisar algunas ideas acerca de la entropía que aparecieron ya en el prólogo. Como ya hemos dicho, ese concepto es una de las más importantes diferencias que distin­guen la mecánica de Gibbs de la newtoniana. Para el primero, poseemos una cantidad física que no pertenece al mundo exte­rior como tal, sino a un cierto conjunto de mundos exteriores posibles y, en consecuencia, a la respuesta a ciertas preguntas específicas que podemos plantear respecto al mundo exterior. La física se convierte entonces, no en la discusión de un universo exterior que puede considerarse como la respuesta total de todas las cuestiones que se refieren a él, sino como una reseña de res­puestas a preguntas mucho más limitadas. Efectivamente, ya no nos ocupamos de estudiar todos los mensajes posibles recibidos o enviados; nos interesa la teoría de los más específicos que entran o salen; ello implica una medida del contenido de infor­mación proporcionado, que ya no es infinito.

Por su naturaleza, los mensajes son una forma y una orga­nización. Efectivamente es posible considerar que su conjunto tiene una entropía como la que tienen los con juntos dé los estados particulares del universo exterior. Así como la entropía es una medida de desorganización, la información, que suministra un conjunto de mensajes, es una medida de organización. De hecho puede estimarse la información que aporta uno de el1os como el negativo su entropía y como el logaritmo nega­tivo de su probabilidad. Es decir, cuanto más probable es el mensaje, menos información contiene. Por ejemplo, un clisé proporciona menos información que un gran poema.

Ya he hablado del interés de Leibnitz por los autómatas, que casualmente compartía también un contemporáneo suyo: BIas Pascal; éste contribuyó en gran parte al desarrollo de lo que ahora llamamos máquina de calcular de escritorio. Leibnitz con­sideró que la concordancia de los relojes puestos a la misma hora era un modelo de la armonía preestablecida de las móna­das. Pues la técnica de los autómatas de aquel tiempo era la de los relojeros.

Observemos la actividad de las figurillas que bailan en la tapa de una caja de música. Se mueven de acuerdo con un plan, dispuesto de antemano, en el cual su actividad anterior no tiene absolutamente nada que ver con la futura. La probabilidad de que se aparten de ese plan es nula. Natural­mente hay un mensaje, pero va de la máquina a las figuras y no pasa de ahí. Ellas mismas no aportan ninguna comunicación al mundo exterior excepto la unilateral del movimiento pre­establecido en el mecanismo. Son ciegas, sordas y mudas y no pueden desviarse de fa actividad impuesta por el constructor.

Compárese eso con el, comportamiento de un hombre o de un animal moderadamente inteligente tal como un gatito. Lo llamo y levanta la cabeza. Le envío un mensaje que reciben sus órganos sensoriales y que se manifiesta en la acción. Tiene hambre y lanza un maul1ido llorón. Es él entonces el trasmisor de un mensaje. Extiende sus patas tratando de agarrar una pe­lota atada a un hilo. Cuando la pelota se mueve hacia la iz­quierda, el animal la agarra con la pata del mismo lado.

6- En este caso, se trasmiten y reciben mensajes de estructura muy complicada a través del sistema nervioso del animal, mediante ciertas terminaciones en sus articulaciones, músculos y tendo­nes; por estos mensajes, el animal conoce la posición real y la tensión de sus tejidos. Sólo mediante esos órganos es posible algo como la habilidad manual. .

He comparado el comportamiento preestablecido de las figu­rillas de la caja de música con la conducta contingente de los seres humanos y de los animales. Pero no ha de suponerse que la caja de música es típica del comportamiento de cualquier aparato.

Las máquinas más antiguas en particular, las primeras ten­tativas de producir autómatas,” funcionaban como el mecanismo de un reloj, sin admitir variación después de iniciado el movi­miento. Pero las modernas, tales como los proyectiles teledirigidos, la espoleta de aproximación, el mecanismo de apertura automática de las puertas, los aparatos de regulación de una fábrica de productos químicos y las Otras que efectúan trabajos militares o industriales, poseen órganos sensoriales, es decir, mecanismos de recepción de mensajes que provienen del exterior.

Pueden ser tan sencillos como una célula fotoeléctrica, que cambia cuando la luz incide sobre ella y que puede distin­guir la luz de la obscuridad, o tan complicados como un apa­rato de televisión. Pueden medir una tensión por el cambio que produce en la conductibilidad de un alambre sometido a ella o estimar temperaturas mediante un par termoeléctrico, que consiste en dos metales distintos íntimamente unidos que pro­ducen una corriente cuando se calienta uno de ellos. Todo ins­trumento del repertorio del fabricante de aparatos científicos es un órgano sensorial posible; mediante sistemas eléctricos se obtiene que las lecturas se registren a distancia. Así, pues, ya poseemos desde hace tiempo máquinas cuyo comportamiento está regulado por el mundo exterior.

También no es familiar la máquina que obra sobre su am­biente al recibir un mensaje. Toda persona que ha pasado por la estación Pennsylvania de Nueva York conoce el aparato fotoeléctrico para abrir puertas. Cuando llega a él un mensaje, que consiste en la intercepción de un rayo luminoso, se abre la puerta y el viajero pasa a través de ella.

Las etapas entre la recepción de un mensaje mediante apa­ratos de este tipo y la ejecución de una tarea pueden muy simples, como en el caso de la apertura de una puerta o pueden tener cualquier grado de complejidad deseada dentro de los límites de nuestra técnica actual. Una acción compleja es aquella en que los datos introducidos, que llamaremos entrada, implican un gran número de combinaciones para obtener un efecto que llamaremos salida, sobre el mundo exterior.

Esta última es combinación de los datos recibidos en ese momento y delos hechos registrados en el pasado, que llamaremos memoria y que guarda el aparato. Las más complicadas máquinas construidas hasta ahora que transforman los datos de la entrada en otros de salida son las electrónicas de calcular de alta velo­cidad. La determinación de la forma de comportamiento de estas máquinas está dada por una entrada especial, que consiste generalmente en tarjetas perforadas, cintas o alambres mag­néticos que fijan la manera cómo ha de actuar la máquina en una operación dada, una manera diferente de la que podría ser en otra ocasión. Debido al uso frecuente de tarjetas perforadas o de cintas magnéticas, los datos que se suministran al aparato y que indican el modo de operar de una de esas máquinas para combinar los informes, se llaman tecleado.

7- He dicho ya que el hombre y los animales poseen un sentido cenestésico, mediante el cual recuerdan la posición y la tensión de cada uno de sus músculos. Para que una maquina, sometida a un ambiente variable, funcione adecuadamente, es necesario que se la informe acerca de los resultados de sus propias acciones como parte de los datos de acuerdo con los cuales debe actuar.

Por ejemplo, al manejar un ascensor, no basta abrir la puerta que da al corredor: las órdenes dadas de­ben conducir a que el ascensor se encuentre allí cuando abri­mos la puerta. El funcionamiento del mecanismo de apertura debe depender de que el ascensor esté en – ese piso; de lo contrario algo puede haberlo detenido y el pasajero caerá por el pozo. Esta regulación de una máquina de acuerdo a su funcio­namiento real y no respecto a lo que se espera de ella se llama retroalimentación y presupone la existencia de sentidos que actúan mediante miembros matrices y que funcionan como elementos que registran una actividad. Esos mecanismos deben frenar la tendencia mecánica hacia la desorganización o, en otras palabras, deben producir una inversión temporal de la dirección normal de la entropía.

He mencionado hace un momento al ascensor, ejemplo de la importancia de la retroalimentación. Hay otros casos en los que su valor es aun más evidente. Por ejemplo, el artillero re­cibe ciertas’ informaciones de sus instrumentos de observación

y las transmite al cañón, de tal modo que éste tenga una dirección tal que el proyectil pase por el blanco movible en cierto momento. Pero el arma ha de usarse cualquiera que sea la tem­peratura exterior. Si ésta es alta, la grasa es fluida y el cañón se ‘mueve fácil y rápidamente.

En otros casos, la grasa se endurece por el frío o está mezclada con arena, por lo que el tubo responde lentamente a las órdenes que se le dan. Si, en este último caso, cuando el cañón tarda en llegar a la posición de­seada, se insiste mediante un impulso adicional, el error dis­minuirá. Para obtener un efecto lo más uniforme posible se acostumbra a interponer un elemento de retroalimentación, que determina la diferencia entre la posición real y la deseada y que da de acuerdo con esta diferencia un impulso adicional.

Es cierto que han de tomarse las precauciones necesarias para que no sea muy intenso, pues si lo es, el tubo pasará más allá de la posición correcta y habrá que hacerle girar de vuelta en una serie de oscilaciones que muy bien pueden aumentar en am­plitud y conducir a una inestabilidad desastrosa. Si el sistema de retroalimentación se corrige automáticamente, en otras pala­bras, si sus propias tendencias entrópicas están limitadas por otros mecanismos que las mantienen entre muy estrechas cotas, eso no ocurrirá y la existencia de ese dispositivo aumentará la estabilidad del funcionamiento del cañón. Dicho de otra manera la actividad dependerá menos de la carga de fricción o, lo que es lo mismo, del retardo causado por la rigidez de la grasa.

Algo muy similar a esto ocurre en los actos humanos. Si me llevo el cigarro a la boca, mi voluntad no mueve ningún músculo especial. En muchos casos, ni siquiera sé cuáles son. Lo que hago es poner en acción un mecanismo de retroalimentación análogo al ya descrito: un reflejo en el cual el esfuerzo,

que no bastó para elevarlo, se convierte en una orden más in­tensa a los flojos músculos, cualesquiera que sean. De esta ma­nera, órdenes voluntarias de bastante uniformidad permitirán ejecutar la misma tarea partiendo de posiciones iniciales suma­mente diversas, sin tener en cuenta la disminución de la con­tracción de los cansados músculos. Análogamente, cuando ma­nejo un coche, no ejecuto mecánicamente una serie de órdenes que dependen simplemente de una imagen mental del camino y de la tarea a realizar.

8- Si encuentro que el vehículo se desvía mucho hacia la derecha, lo llevo hacia la izquierda. Eso de­pende del comportamiento real, del coche y no simplemente del camino; me permite manejar con una eficacia casi idéntica un Austin de poco peso y un camión bien cargado, sin nece­sidad de formar hábitos específicos para cada uno de ambos casos. Volveré sobre este tema con mayor atención en el capí­tulo sobre máquinas especiales, al discutir el servicio que puede prestar su estudio a la neuropatología, cuando su comporta­miento ofrece defectos como los que aparecen en el organismo humano.

Afirmo que el funcionamiento en lo físico del ser vivo y el de algunas de las nuevas máquinas electrónicas ,son, exactamente paralelos en sus tentativas análogas de regular la entropía mediante la retroalimentación. Ambos poseen receptores sensoriales en una etapa de su ciclo de operaciones, es decir, ambos cuentan con un aparato especial para extraer informes del mundo exterior a bajos niveles de energía y para utilizarlos en las operaciones del individuo o de la máquina.

En ambos casos, esos mensajes del exterior no se toman en bruto, sino que pasan a través de los mecanismos especiales de transformación que posee el aparato, vivo o inanimado. La información ad­quiere entonces una nueva forma utilizable en las etapas ulte­riores de la actividad. Tanto en el animal como en la máquina, esa actividad se efectúa sobre el mundo exterior. En ambos, se informa al aparato regulador central la acción ejecutada sobre e! ambiente y no simplemente la acción intentada. El hombre medio ignora este complejo conjunto de formas de conducta; en particular, no desempeña el papel que debiera en nuestro habitual análisis de la sociedad, pues así como pueden obser­varse desde este punto de vista las reacciones físicas de! indi­viduo, también podrían serlo las respuestas orgánicas de la sociedad misma. No pretendo que el sociólogo ignore la exis­tencia y compleja naturaleza de las comunicaciones en la sociedad, pero, hasta hace muy poco tiempo, tendía a menospre­ciar su importancia como aglutinante de toda la urdimbre.

En este capítulo hemos visto la unidad fundamental de un complejo de ideas cuya conexión mutua no se había conside­rado lo suficiente hasta hace muy poco tiempo, a saber, la con­sideración contingente de los fenómenos físicos que introdujo Gibbs para modificar las convenciones newtonianas tradiciona­les, la actitud agustiniana respecto al orden y la conducta que exige ese punto de vista, y la teoría de los mensajes entre hom­bres y máquinas y en la sociedad, como una secuencia de hechos en lo temporal, que, aunque posee una cierta contingencia, intenta limitar la tendencia de la naturaleza hacia el desorden, ajustando sus partes a diversos propósitos.

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