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Wiener – Cibernética y Sociedad – Cap. 5

V. LA ORGANIZACIÓN COMO MENSAJE. Este capítulo contiene un elemento de fantasía. Ella ha estado siempre al servicio de la filosofía y el mismo Platón no se avergonzó de vestir su epistemología con la metáfora de la cueva. Entre otros, el doctor J. Bronowski ha insistido en que la matemática, considerada por la mayoría de […]

V. LA ORGANIZACIÓN COMO MENSAJE.

Este capítulo contiene un elemento de fantasía. Ella ha estado siempre al servicio de la filosofía y el mismo Platón no se avergonzó de vestir su epistemología con la metáfora de la cueva. Entre otros, el doctor J. Bronowski ha insistido en que la matemática, considerada por la mayoría de nosotros como la más rigurosa de todas las ciencias, constituye la más colosal metáfora imaginable y debe ser juzgada estética e intelectualmente en vista del éxito de ese mismo esfuerzo de la imaginación.La metáfora a la que dedico este capítulo es aquella en la cual se considera al organismo como un mensaje. El primero se opone al caos, a la desintegración, a la muerte, así como el segundo ruido. Para describir un organismo, no intentamos especificar cada una de sus moléculas y catalogarlo trozo por trozo ; por el contrario, respondemos a ciertas cuestiones acerca de él reveladoras de su estructura, que adquiere un significado y una probabilidad mayor, a medida que, por decido así, el organismo tiene una organización más completa.
Ya hemos visto que algunos de ellos, como el hombre, tienden durante un tiempo a mantener -y a menudo consiguen elevarlo- el nivel de su organización como enclavados locales en una corriente general de creciente entropía, de caos creciente y de pérdida de la diferenciación.. Aquí y ahora, la vida es una isla en un universo moribundo. El fenómeno mediante el cual nosotros, los seres vivientes, resistimos a la corriente general de corrupción y decaimiento se conoce con el nombre de homeostasis.
Seguimos viviendo en el ambiente muy especial que condu¬cimos con nosotros hasta que el proceso de autodestrucción es más rápido que el de reconstrucción. Entonces morimos. Si la temperatura de nuestro cuerpo asciende o desciende un grado por encima o por debajo de su nivel normal – 37º -, nos da¬mos cuenta de ello; la muerte es segura si esa temperatura aumenta o disminuye mucho sobre esa cifra. El oxígeno, el anhídrido carbónico, la sal en nuestra sangre, las hormonas se¬gregadas por las glándulas de secreción interna, están someti¬das a una regulación mediante mecanismos que se oponen a cualquier cambio inesperado de los niveles normales. Su con¬junto constituye lo que ha dado en llamarse homeostasis; son dispositivos de retroalimentación negativa de la misma clase de la que son un ejemplo los mecanismos automáticos.
La estructura que conserva la homeostasis es la piedra de to¬que de nuestra identidad personal. Nuestros tejidos cambian, mientras vivimos: el alimento que ingerimos y el aire que respi¬ramos se convierten en carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre; los componentes momentáneos de nuestro cuer¬po escapan diariamente mediante las excreciones. Somos sólo remolinos en un río de agua perennemente corriente. No somos una materia que permanece, sino organizaciones que se perpetúan.

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Una estructura es un mensaje y puede trasmitirse como tal. ¿De qué manera empleamos la radiotrasmisión sino para trasmitir estructuras sonoras y nuestras emisoras de televisión sino para enviar otras luminosas? Divierte e instruye considerar lo que ocurriría si trasmitiéramos toda la estructura del cuerpo, del cerebro humano con sus recuerdos y conexiones entrelaza¬das, de tal modo que un aparato receptor hipotético pudiera reencarnarlo todo en materia apropiada, capaz de continuar los procesos en cuerpo y alma y de mantener la integridad necesaria para esa prolongación mediante homeostasis
Pasemos al campo de la fantaciencia. Hace unos cuarenta Y cinco años Kipling escribió un cuento notable. Lo hizo cuando los vuelos de los hermanos Wright empezaban a ser conocidos, aunque la aviación no era aún cosa de todos los días. Intituló el relato: “Con el correo nocturno” y se da como un informe de un mundo tal como el de nuestros tiempos, pero cuando la aeronáutica será cosa corriente y el Atlántico un lago para cru¬zado en una noche. El autor supuso que los viajes por el aire unirían de tal modo las diversas partes del planeta que la guerra habría pasado de moda y que todos los asuntos importantes se decidirían en una Comisión de Tránsito Aéreo cuya primera responsabilidad sería el transporte por aire y la segunda “todo lo que está relacionado con ello”. De esa manera, se imaginó el autor que las diversas autoridades locales irían perdiendo sus derechos o dejarían de ejercerlos y que la autoridad central del comité se haría cargo de esa responsabilidad.
El cuadro que pinta Kipling es casi fascista, lo que es fácil de entender en vista de su punto de partida, aunque esa forma política no es una con¬dición necesaria de la situación que encara. Su utopía, es el milenio de un coronel inglés que ha vuelto de la India. Además, con su amor por la máquina como una colección de ruedas que giran y hacen ruido, insiste en el transporte de cosas físicas, más que en la trasmisión del lenguaje y de las ideas. No parece com¬prender que el poder de un hombre, aun su existencia física, llegan al punto hasta donde se extiende su palabra y su poder de percepción. Ver todo el mundo y darle órdenes es casi lo mismo que estar en todo él. Sin embargo, aun con sus limita¬ciones, Kipling tiene la intuición de un poeta y la situación que previó parece próxima a nosotros.
Para ver la mayor importancia que tiene la trasmisión de informes en comparación al transporte de cosas físicas, consi¬deremos el caso de un arquitecto que vigila desde Europa la construcción de un edificio en los Estados Unidos, Supongo naturalmente que en el lugar de la obra existe un plantel adecuado de constructores, empleados, obreros, etc. En esas condi¬ciones, sin trasmitir ni recibir ninguna cosa material, el arqui¬tecto puede vigilar la construcción del edificio. Dibujaría sus planos y especificaciones como es usual. Incluso ahora, no hay ninguna razón para que las copias del proyecto en poder de 1 constructor sean las mismas dibujadas en el salón del arquitecto. Existen métodos para trasmitir en una fracción de segundo fotografías que serán para los capataces tan buenas como el original. Se mantendrá al proyectista al corriente de los pro¬gresos de la obra mediante fotografías, una o varias por día, que podrá recibir análogamente por telefotografía.
Cualquier advertencia o consejo que desee dar a su representante en el lugar de la obra, podrá trasmitirse por teléfono, por telefoto¬grafía o por teletipo. Es decir, que el traslado del arquitecto y sus dibujos puede reemplazarse por una trasmisión de mensajes que no signifiquen el transporte de una partícula de materia de un lugar a otro.
Si consideramos los dos tipos de comunicación ya descritos: transporte de materiales o sólo transporte de información,. es posible actualmente para una persona ir de un lugar a otro sólo mediante el primero y no por el segundo, como mensaje.

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Sin embargo, aun actualmente el envío de mensajes sirve para prolongar los sentidos del hombre y su capacidad de acción de’ un extremo a otro del mundo. Ya hemos sugerido al principio de este capítulo que la distinción entre el transporte de mate¬rial y el de información en sentido teórico no es permanente y tampoco infranqueable. . Esto nos conduce profundamente a la cuestión de la indivi¬dualidad humana. El problema de su naturaleza y de la barrera que separa un ser humano de otro es tan viejo como la historia. La religión cristiana y sus antecesores mediterráneos la incor¬poraron en la noción de alma. El individuo posee una, dicen los cristianos, creada en el momento de la concepción, que con¬tinuará su existencia por toda la eternidad, entre los bienaven¬turados o los condenados o en el limbo, como enseña su fe.
El budismo sigue una tradición que, coincide con la cristiana en conceder al alma la existencia después de la muerte, aunque esta existencia prosigue en el cuerpo de otro ser humano o ani¬mal y no en algún cielo o infierno, que existen también, según las enseñanzas de esta doctrina, aunque sólo como residencia temporal. Sin embargo, el cielo final del budismo, el estado de nirvana, consiste en la absorción del alma individual dentro del gran espíritu del universo.
Esas consideraciones han carecido del influjo de la ciencia.
La exposición científica primitiva más interesante acerca de la continuidad del alma es la de Leibnitz; cree este filósofo que el alma pertenece a una clase muy amplia de sustancias espi¬rituales permanentes que llamó mónadas. Emplean toda su existencia, desde la creación, en la percepción mutua; para al¬gunas, ese acto es distinto y muy claro, para otras es confuso y deforme. Sin embargo, ello no representa ninguna verdadera interacción, pues “no tienen ventanas” y recibieron un impulso de manos de Dios al crear el mundo, por lo que mantienen durante toda la eternidad su relación mutua preestablecida. Son indestructibles.
Detrás de las teorías filosóficas de Leibnitz acerca de las mónadas, se encuentran algunas interesantes especulaciones bio¬lógicas. En su época, Leeuwenhoek aplicó por primera vez el microscopio simple al estudio de los más pequeños animales y plantas. Entre los primeros observó los espermatozoides que, en los mamíferos, son mucho más fácilmente visibles que los óvulos. Éstos se producen uno por vez; los uterinos no fecun¬dados o los embriones en fase muy inicial eran hasta hace muy poco tiempo piezas raras en las colecciones anatómicas. Así los primeros microscopistas se sintieron tentados a pensar que el espermatozoide es el único elemento importante en la forma¬ción del nuevo ser, ignorando la posibilidad de la fecundación, fenómeno inobservado hasta aquellos tiempos.
Además su ima¬ginación proveyó al segmento anterior del espermatozoide con un feto diminuto, encogido y con la cabeza hacia adelante. Se suponía que el feto contenía en sí mismo espermatozoides que se desarrollarían en otras generaciones de fetos y adultos, y así hasta el infinito. El papel de la hembra de la especie consistía sólo en alimentar el nuevo ser hasta el parto.
Naturalmente, desde el punto de vista moderno, toda esta biología es falsa. El espermatozoide y el óvulo determinan casi en partes iguales la herencia de cada individuo. Aden1ás contie¬nen las células germinativas de la futura generación in posse y no in esse. La materia no es indefinidamente divisible; ni siquiera, desde un punto de vista absoluto, es muy finamente divisible; ,la disminución sucesiva de tamaño para formar los espermatozoides de Leeuwenhoek de un ordeno moderadamente elevado, nos llevaría rápidamente más allá del nivel del electrón.

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De acuerdo con las ideas que prevalecen actualmente, opues¬tas. a las de Leibnitz, la continuidad de un individuo tiene un principio bien definido en el tiempo, pero puede cesar, pres¬cindiendo por completo de la muerte del ser. Se sabe muy bien que la primera división celular del óvulo fecundado de la rana conduce a dos células que pueden separarse en condiciones apro¬piadas, cada una de las cuales se convierte en un animal com¬pleto. Esto no es más que el fenómeno normal de gemelos idénticos, en un caso en el cual la facilidad de llegar hasta el embrión es suficiente para permitir el experimento. Es exac¬tamente lo mismo que ocurre en los gemelos idénticos humanos y es lo normal en aquellos armadillos que producen en cada parto cuatro gemelos idénticos. Así se producen además los monstruos dobles, cuando es incompleta la separación de los dos embriones. El problema de los gemelos parecerá a primera vista menos importante de lo que es en realidad, pues no concierne a los animales o seres humanos provistos de lo que puede conside¬rarse una inteligencia y un alma bien desarrolladas. En lo que a esto respecta, ni siquiera el problema de los monstruos dobles, de los gemelos imperfectamente separados, es demasiado serio. Los que son viables deben tener o un sistema nervioso central único o un par de cerebros aislados en buen estado de desarrollo. La dificultad aparece en otro nivel, en el problema de la doble personalidad. Hace unos treinta años, el doctor Morton Prince, de la Uni¬versidad de Harvard, publicó el historial clínico de una mujer, en cuyo cuerpo parecían sucederse las unas a las otras’ varias personalidades más o menos desarrolladas y coexistir hasta un cierto límite. Actualmente, es moda entre los psiquíatras arru¬gar algo la nariz cuando se menciona esa publicación, atribu¬yendo el fenómeno a la histeria. Es muy posible que la separa¬ción de las personalidades no haya sido tan completa como parece haberlo pensado el doctor Prince, pero de todas maneras existía una distancia entre ellas. La voz “histeria” indica un fenómeno bien conocido por los médicos, pero carece de tal modo de explicación que puede considerarse como un epíteto más de los que encierran una petición de principios.
En todo caso, hay un punto claro. La identidad física de un individuo no consiste en la materia de que está compuesto, El método moderno de utilizar elementos trazado res radiactivos, que toman parte en el metabolismo, ha demostrado una des¬asimilación mayor de lo que antes se creía posible, no sólo del cuerpo en su totalidad, sino de todos y cada uno de los com¬ponentes del mismo.
La individualidad biológica de un organis¬mo parece consistir en una cierta continuidad del proceso y en la memoria orgánica de los efectos de su desarrollo pasado. Esto parece ser cierto también del crecimiento mental. Comparándola con las máquinas de calcular, la individualidad de la inteligencia radica en la retención de sus tecleados, y recuerdos anteriores y en su continuo desarrollo a lo largo de líneas ya establecidas.
En esas condiciones, así como una máquina de calcular puede utilizarse como modelo para el tecleado de otra y así como el futuro desarrollo de ambas continuará siendo paralelo, excepto si se producen cambios en el tecleado y la experiencia, no hay ninguna incoherencia en suponer que un individuo puede bi¬furcarse o prolongarse en otras dos personalidades que compartan el mismo pasado, sin que ocurra una escisión similar en el cuerpo. Para utilizar nuevamente el lenguaje de las máquinas de calcular, una que estaba anteriormente ensamblada por com¬pleto, puede encontrarse en un momento dado con sus conexio¬nes divididas en ensamblamientos parciales, con un grado mayor o menor de independencia. Esto es una explicación plausible de las observaciones de Prince.

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Además es posible imaginarse que dos grandes máquinas, se¬paradas anteriormente, pueden acoplarse para formar desde ese momento otra única. Esto ocurre en la unión de las células germinativas, aunque tal vez no en lo que pudiera llamarse un nivel puramente mental. La identidad ,mental necesaria para el punto de vista eclesiástico de individualidad del alma no existe ciertamente en ningún sentido absoluto que sea aceptable para la Iglesia.
Recapitulando: la individualidad corporal es la de una llama más que la de una piedra, es una forma más que una sustancia. Esta forma puede trasmitirse, modificarse o duplicarse, aunque en lo que respecta a esto último sólo sabemos hacerlo en dis¬tancias muy cortas.
Cuando una célula se divide en dos o cuando uno de los genes, que conduce nuestro derecho de nacimiento mental y corporal, se subdivide, tenemos una separación de la materia que está condicionada por la capacidad del tejido viviente para duplicarse. Puesto que es así, no existe ninguna distinción absoluta entre el tipo de trasmisión que utilizamos para enviar un telegrama de país a país y los tipos de trasmisión que son po¬sibles, por lo menos teóricamente, para trasmitir un organismo vivo, tal como un ser humano.
Admitamos que no es intrínsecamente absurdo, aunque esté muy lejos de su realización, la idea de viajar por telégrafo, ade¬más de poder hacerlo por tren O aeroplano. Naturalmente, las dificultades son enormes. Es posible evaluar algo así como la cantidad de información significativa que contienen los genes de una célula germinativa, determinando así la información hereditaria, en comparación con la adquirida por un aprendi¬zaje, que posee un ser humano. Para que ese mensaje sea sig¬nificativo ha de contener por lo menos tanta información como todos los tomos de la Encyclopedia Britannica.
Efectivamente, si comparamos el número de átomos de carbono asimétrico de todas las moléculas de una célula germinativa con el número de puntos y rayas necesarios para trasmitir esa obra, encontramos que los primeros suponen un mensaje enormemente mayor y su gigantesco carácter nos impresiona aun más al comprender las condiciones de su trasmisión telegráfica. Una explotación a fondo del cuerpo humano debe abarcar todas sus partes; natu¬ralmente, al efectuada, se tenderá a destruir los tejidos. Man¬tener la estabilidad de un organismo, mientras se aniquilan lentamente partes de él, con la intención de crearlas nueva¬mente en otro lugar utilizando un material distinto, significa disminuir su grado de actividad, lo que en la mayoría de los casos destruirá la vida en los tejidos.
En otras palabras, el hecho de que no podamos telegrafiar la estructura de un ser humano de un lugar a otro, parece de¬berse a dificultades técnicas, en particular a la de mantener la existencia de un organismo durante esa reconstrucción radical.
En sí misma, la idea es altamente plausible. En cuanto al problema de la total reconstrucción del organismo vivo, sería difícil encontrar alguna más completa que la de la mariposa durante el período larval.
He expuesto estas cosas, no por un deseo personal de escribir un cuento de fantaciencia acerca de la posibilidad de telegrafiar un hombre, sino porque son cosas que pueden ayudarnos a comprender que la idea fundamental de las comunicaciones es la trasmisión de mensajes y que la trasmisión corporal de materia y mensajes es sólo un mismo camino imaginable de alcanzar ese fin. Conviene reconsiderar la demostración de Kipling acer¬ca de la importancia del tránsito en el mundo moderno, desde el punto de vista de un tránsito consistente principalmente, no en la trasmisión de cuerpos humanos, sino en la trasmisión de información humana.

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